Decidimos volver en autobús antes de que empiece a llover y damos un paseo por el pueblo antes de cenar. Apalabramos un curso de salsa con un profesor en la Casa de la Cultura, que aprovecha nuestra curiosa intrusión en su clase de "palo", otro de los bailes de Cuba, para ofrecérnoslo.
Por 6 CUC aprendo lo suficiente como para defenderme en la pista si un chico cubano me saca a bailar, pero tendrá que ser cubano, porque sólo ellos saben cómo guiar a una chica para que se mueva hacia donde ellos quieren. Todo alemán que se preste a bailar salsa debería pasar un par de meses en Cuba aprendiendo a hacerlo.
Volvemos a la Escalinata donde ya la banda toca y uno de los chicos ayudantes del profesor de la Casa de la Cultura, que 10 minutos antes bailaba conmigo, está encima del escenario bailando rumba en una representación de cómo la situación de los esclavos fue cambiando a lo largo de los años en Cuba.
Termina la rumba y "se enciende". "Se prende", como dicen los cubanos, porque entonces empieza la salsa y con ella el ritual de los chicos del pueblo, que sacan su botella de ron, antes de sacar a las chicas a bailar, cogen la botella a modo de grifo y todos mojan sus manos en el líquido mágico para después pasárselas por el cuello y el pelo como si fuese un perfume. Esto es Cuba.
Juegan, mientras deciden si salir a bailar o esperar un poco más, a adivinar de qué nacionalidad son las chicas que hoy están en la Escalinata.
- Apuesto lo que quieras a que esas son italianas.
- Sí, italianas seguro. Y aquellas de allá alemanas - oigo sus comentarios a pocos metros de ellos.
En ese momento, y antes de que los "yumas" inexpertos y torpes ocupen la pista de baile, uno de ellos, con unas rastas enormes y gafas de pasta que le dan un aspecto intelectual, completa y extravagantemente vestido de rojo grita...
- ¡Rueda! ¡Rueda! ¡Rueda!
El espectáculo que sigue a continuación nos deja sin palabras, además de con unas sonrisas enormes en nuestras caras.
Los chicos y chicas del pueblo hacen una perfecta rueda de casino, ejecutada a la perfección, sin fallos, sin equivocaciones, con cambios de ritmo, cambios de sentido, cambios de pareja, palmadas, saltos en el aire.
El chico de rojo con gafas de pasta y rastas da las órdenes para que nadie se pierda y todos ejecuten las mismas figuras y movimientos. Ninguno comete un sólo error.
- ¡Por arriba! ¡Por abajo! ¡De dos! ¡De tres! ¡Ahora de cuatro y salto!
La gente les aplaude, y ellos responden con sonrisas sacándoles a bailar. Enseguida nos damos cuenta de que el chico de rastas vestido de rojo, a pesar de estar bailando en una esquina, lo hace de una manera especial. Su pareja, una chica cubana, tiene un estilo espectacular, pero sus piruetas, saltos y simulacros de tirarse al suelo son dignos de cualquier concurso internacional.
- Yo creo que si hubiese una liga de salsa en Cuba como la liga de fútbol en España, este chico bailaría en Primera - le digo a Ana - Tiene que ser un profesional.
La música continúa, y tras unas cuantas canciones en las que no dudamos en bailar con los chicos que nos sacan a la pista, conseguimos sentarnos en las sillas de las terrazas en vez de en el suelo, pero no han pasado ni dos segundos cuando...
- ¡Españolitas! ¡Españolitas! ¡Siéntense aquí con nosotros!
Ana duda, pero yo me levanto y ella me sigue. Enseguida nos hacen un hueco en su mesa y nos ofrecen su botella de ron mientras nos cuentas cosas y se ríen sin parar de nuestro acento y de sus propios fallos al hablar con "s" en vez de con "c".
- A mí me encantaría poder escribir y hablar bien - me dice el chico de rastas vestido de rojo - pero se me da muy mal lo de la "c" y la "s", ¡no como a uZtedeZ! Y además, aunque me equivoque, si me pongo estas gafas parezco un intelectual y ya nadie se da cuenta de que hablo mal.
- Pero eso lo solucionas muy rápido leyendo libros - le contesto yo.
- ¡Pero si aquí no tenemos ni libros, ni bibliotecas, ni nada! - me dice riéndose, aunque se ve a leguas que es un chico muy listo y ambos sabemos que no es para reírse - ¿Te imaginas que después de tanto tiempo me entero de que sol se escribe con "z"?
Todos se ríen a carcajadas, y siento que conocemos a estos chicos desde hace años aunque estemos hablando con ellos por primera vez. Es ya demasiado tarde. Nos hemos enamorado de este pueblo, de su música y de sus habitantes.
- Pero tú bailas profesionalmente y vas a concursos ¿verdad? - le pregunto.
Tiene dos academias de salsa, una en Trinidad y otra en La Habana. Las academias aquí no son más que edificios viejos abandonados a los que les dan una mano de pintura. No hay espejos, ni suelos de madera recién puesta, ni vestuarios, ni potentes equipos de música, sino paredes con pintura desconchada, suelos de baldosas viejas y un radiocasette que se va pasando de una sala a otra.
- Me costó mucho adaptarme a La Habana, porque no había salido de Trinidad en mi vida y no fue fácil hacer amigos allí - la similitud de su historia a su llegada a la Habana tiene mucho que ver con mi llegada a Múnich. Qué mundos tan distintos y a la vez tan iguales.
Ha ido a concursos nacionales con su prima como pareja de baile. Tras presentarse varias veces para que les conozcan, han empezado a ganarlos. Sin exagerar, hacía mucho tiempo que no veía a nadie bailar tan bien como él. Quizás alguna vez en youtube, pero nunca en la vida real.
- ¿Y el premio?
- Una semana en un resort de Varadero, de La Habana, de Cayo Coco... es casi siempre eso, ya hemos estado en muchos - me cuenta orgulloso.
- ¿Y por qué no vais a concursos internacionales? En realidad estaríais representando a vuestro país, no debería ser un problema.
- Ya, pero ya tú sabes que para salir de Cuba hay esos requisitos... y yo antes daba clases en academias del Estado, pero ahí me imponían y me decían cómo tenía que enseñar. Yo quería dar clases a mi manera, para que la gente se divirtiese mientras baila, y hacer tonterías y todo eso, ¡ya ves tú! - se ríe a carcajadas mientras habla - así que cuando el Gobierno sacó la ley que nos permite tener empresas privadas me puse por mi cuenta, pero no voy a concursos internacionales...
Injusticias, de nuevo, qué sorpresa, que se palpan y se escuchan entre cuba libres con nuestros nuevos amigos.
- Pero no me has dicho tu nombre todavía.
- Me llamo Ulises, pero todos me llaman Michael.
- ¿Michael?
- Sí, porque Michael es mi nombre artístico, Michael de la Salsa. Como Michael Jackson, porque me gusta experimentar y mezclar el pop con la salsa.
Pienso en lo alto que llegaría Michael de la Salsa en cualquier concurso internacional de esos que me pongo a ver de vez en cuando en Youtube.
Parece leer mi pensamiento, y vuelve a nuestra conversación anterior.
- Pero no te creas que yo me quiero ir de aquí. A mí me gusta Cuba, me encanta mi trabajo, y cuando uno tiene un trabajo así aquí no se vive tan mal, porque los turistas dejan sus dólares para aprender a bailar conmigo.
No puedo evitar que un escalofrío de envidia recorra mi espalda cuando pienso en mi trabajo en Alemania, ese trabajo que odio, esos días en los que tanto me cuesta levantarme para ir a sentarme ocho o nueve horas delante de un ordenador, esos días de frío y nieve...
- Pero déjate ya de hablar y vamos a bailar ¿no?
- ¡Pero si yo no sé bailar!
- ¡Yo te enseño! Vamos a hacer un trato, yo te doy una clase de salsa y tú me das una clase de "z".
- ¡Vamos!
La música sigue sonando, no hay más tiempo que perder. Ulises me enseña alguna figura y logro, por unos minutos, ser la envidia de los turistas que miran desde sus sillas.
Los músicos descansan y volvemos a nuestra mesa.
- ¡Y ahora la clase de "z"! - me dice Ulises con su enorme sonrisa en la cara, de la que no se despega ni un segundo.
- ¡Claro! Pregúntame lo que quieras.
- No, no, yo quiero que tú me corrijas mientras hablo, como hago yo contigo mientras bailas, prinsesa.
- Princesa se dice princesa, princesa se escribe con "c" - le respondo.
- ¿Lo ves? Yo no sé. A ver, prin-se-za. ¿Prinsesa? No.
Vuelven las carcajadas
- Princesa. Pronúncialo lento. Princesa.
- Princesa.
Un par de correcciones más y la música vuelve a sonar. Seguimos bailando con los chicos del pueblo hasta que los músicos se van y nos vamos a la discoteca de detrás de la Casa de la Música con ellos, porque ya no hay que pagar el CUC de los turistas. Continúa la salsa, el sudor, los bailes, y el calor.
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Busqué y busqué en internet videos de concursos de salsa en Cuba, "Michael de la Salsa" y demás pistas que se me ocurrieron y nunca encontré ni una sola prueba de que la historia de Ulises, aquella historia, fuese verídica. Quizás porque no lo era, quizás porque esto es sólo una prueba más de que internet en Cuba no es tan accesible para los cubanos como el Gobierno dice que es.
Para mí siempre lo será, porque fue verdad que Ulises aquella noche me enseñó salsa y es verdad que nunca más volverá a escribir o pronunciar mal princesa o preciosa. Él mismo me dijo también, mientras adivinaba nuestras profesiones, que seguramente yo era periodista porque le conté que me gustaba buscar y escribir historias y que su historia merecía ser contada. Pero a pesar de ser ingeniera y no periodista, un buen periodista verifica sus historias y sus fuentes, y no encontré ni una sola justificación a la que hoy cuento. Sin embargo, por alguna extraña razón, desde hace algún tiempo todo turista que sube videos a Youtube de la Casa de la Música de Trinidad ignora que en sus videos, a veces en una esquina, a veces en el medio, a veces en primer plano y otras veces sin ni siquiera salir en pantalla por completo, Ulises aparece bailando salsa en esa Escalinata con su gran sonrisa, como si quisiese que el Mundo sepa que a él lo que le gusta no es presumir de sus méritos como bailarín, sino de su salsa, de su Escalinata, de su Trinidad, de su Cuba.
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