Historias de Camagüey y una actuación sorpresa una tarde de noviembre
Nos levantamos demasiado temprano, habiendo dormido demasiado poco. Hasta el último minuto intento convencer a Ana de que nos quedemos un día más en Trinidad y nos vayamos directamente a Santiago sin pasar por Camagüey, pero mis argumentos no fucionan y no tengo más remedio que subirme al autobús. Dejamos Trinidad atrás mientras echo un último vistazo por la ventana al pueblecito que nos robó el corazón, prometiéndome volver algún día y pasar más tiempo en él escribiendo las historias que inspiran estas calles; historias de salsa, historias de amor, historias de justicias e injusticias, historias de mar, de chicos adivinando nacionalidades de turistas en unas escaleras e historias de ruedas que no ruedan, sino bailan.
El viaje a Camagüey hace presagiar que la presencia de turistas en el este de la Isla será mucho menor. El autobús no está lleno y las carreteras se vuelven (incluso) peores conforme nos acercamos a Camagüey. Tras cuatro horas y media llegamos a nuestro destino, donde nos espera Lucy, la dueña de la casa donde nos quedaremos esta noche, con un taxista. Lucy es una mujer de lo más encantadora y agradable, nos pregunta muchísimas cosas y nos cuenta otras tantas. Quizás, como comprobamos con el paso del tiempo, resulta al final un tanto pesada y excesivamente atenta, pero realmente muy buena persona al fin y al cabo.
La casa se encuentra muy cerca del centro de Camagüey. Es una casa colonial con techos altos y bastante destartalada aunque muy acogedora. Está demasiado recargada con cuadros, marcos de fotos y figuritas de porcelana que constituyen los recuerdos de la vida de Lucy. Hay muchas fotos de cuando era joven y alguna de su hijo, al que nos presenta más tarde. Lucy no nos deja casi opción a no cenar en su casa, así que decidimos ir a conocer Camagüey y volver después a casa a cenar.
Salimos a la calle principal, dándonos cuenta enseguida de que Camagüey ya no es un pequeño pueblo de guía de viajes, como lo que hemos visto hasta ahora, sino una ciudad muchísimo menos turística que cualquier otro lugar en los que hayamos estado. La vida transcurre entre gritos, tiendas, heladerías, gente que camina por la calle y niños que salen de las escuelas y se quedan jugando en el parque o en las plazas.
Nos perdemos por el laberinto de calles que fueron proyectadas sin orden a propósito para despistar a los piratas del Caribe que pretendían asaltar la ciudad, evitando que alcanzasen los puntos emblemáticos. Tras visitar varias iglesias coloniales con las que nos topamos, nos sentamos en una de las terrazas de la Plaza José Martí para tomarnos el chocolate más exquisito que he probado en mucho tiempo. Enseguida se sienta en nuestra mesa una curiosa pareja, formada por un chico negro de nuestra edad y un señor más mayor, siempre preguntando amablemente si se pueden sentar porque no hay más mesas libres.
Resulta inevitable, como siempre, empezar a conversar y contarnos de dónde somos, en qué trabajamos o por qué estamos viajando por Cuba. Uno de ellos trabaja en el Centro Cultural de Camagüey y el otro, Eddie, en una de las heladerías Copppelia (cadena de heladerías repartidas por toda Cuba), justo en el portal de la Casa de la Cultura, por eso se conocen y son amigos.
Nos conmueve la historia de Eddie, que tiene 27 años, como yo, y nos cuenta que su madre era médico y después de que el Régimen le permitiese salir de Cuba para trabajar en Venezuela murió de cáncer, mientras que su padre se marchó a La Habana dejándole a cargo de su abuela, que está en silla de ruedas. Tiene además un hijo.
Eddie nos pregunta cómo es la vida en Europa y cómo es viajar por Cuba, ya que él ha estado en muy pocas ciudades de su propio país.
Nos cuenta que ha estado en Trinidad, aunque para él ir a Trinidad un fin de semana supone un gasto que no puede afrontar si no fuese porque su mejor amigo, Mario, le invita cuando viene de Estados Unidos, a donde se fue con su familia cuando era muy pequeño.
La familia de Mario vendió su casa, su "carro" y todas sus posesiones para poder salir de Cuba en una "barca". Durante el trayecto decenas de tiburones blancos achaban a la embarcación, le cuenta Mario a Eddie cuando le visita, pero consiguieron llegar a Florida y ahora ya tiene pasaporte estadounidense. Otros no pueden contarlo. Ahora Mario viene a Cuba con dólares y puede invitar a sus amigos cubanos de vez en cuando, tiene su trabajo y ha estudiado una carrera.
- Pero aquí ya tú sabes que esto es distinto. Aquí la gente no piensa en futuro, piensa en comer cada día - dice Eddie con una frialdad impactante.
Nuestro otro nuevo amigo, que escucha nuestra conversación con atención, se ofrece a llevarnos a ver bailar a los niños de Camagüey, que ensayan en la Casa de la Cultura por las tardes, y los cuatro nos acercamos a verlo. Tras calentar y estirar nos regalan una actuación que nos impresiona. Me pregunto si sólo soy yo, que me gusta meterme en todos los recovecos y aprovechar toda oportunidad de hablar con la gente y conocer lo máximo posible de los lugares a los que voy, o es que de verdad en este país todo el mundo tiene estas expriencias.
Después del ensayo quedamos con Eddie en el parque a las 10 menos cuarto y volvemos a casa a cenar porque Lucy nos ha dicho que hay dos chicas italianas en la casa y hará la cena para todas. Cenamos todas juntas y nos contamos nuestras experiencias en Cuba, interrumpidas cada dos minutos por Lucy, que trae un plato nuevo hasta que ya no cabe ni un alfiler en la mesa del patio donde estamos cenando: sopa, pollo guisado, ensalada, toneladas de arroz, langosta enchilada, verduras... todo comprado con los CUC que dejan los turistas en su casa, y a lo que nunca tendría acceso como cubana de no ser por ellos.
Lucy habla y habla sin descanso, resulta imposible pararla, pero tras despedirnos de las chicas italianas, que esta noche parten hacia Viñales, nos vamos a la plaza donde hemos quedado con Eddie para ir a bailar a la Casa de la Trova hasta que la música termina.
Entramos unos minutos en una discoteca de reggetón (esto también es Cuba) pero Ana y yo decidimos irnos a dormir. Mañana nos espera un duro viaje hacia Santiago y hay que madrugar.
Nos despedimos de Eddie y de sus amigos, que nos acompañan a casa, con un "hasta la próxima vez", pero él contesta "cuando tú vuelvas, yo ya me habré ido de aquí" antes de doblar la esquina de la calle y desaparecer.
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| Establecimiento para comprar carne en Camagüey |
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| Niños jugando en las Calles de Camagüey |
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| Iglesia cololinal en Camagüey |
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| Calles de Camagüey |
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| Partida de dominó en las calles de Camagüey |
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| Niños juegan en las calles de Camagüey tras salir de la Escuela |
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| Cena en la Casa de Lucy, Camagüey |
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| Nuestros nuevos amigos de Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Niños ensayando en Camagüey |
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| Camagüey |






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