lunes, 24 de noviembre de 2014

La Perla del Sur


Cienfuegos

Cienfuegos, o La Perla del Sur como se la llama en Cuba, resulta una ciudad de lo más pintoresca, donde el tiempo parece haberse dentenido en los años 50 y las casas coloniales pintadas de tonos pastel brillan bajo el sol. La tranquilidad absoluta que reina en esta ciudad y la ausencia de turistas nos choca a primera vista. 

El viaje desde la Habana hasta Cienfuegos transcurre, para mí, en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de haber sido cuatro horas de autobús entre una espesa y verde vegetación con palmeras, cocoteros y carros de campesinos tirados por caballos a ambos lados de la carretera, que hace que el conductor de nuestro autobús toque la bocina de vez en cuando para que se aparten. En la televisión del autobús un documental sobre el ébola nos entretiene mientras las nubes descargan litros y litros de agua casi sin que nos demos cuenta. Llegamos a Cienfuegos cuando ya el sol empieza a asomarse de nuevo.

Dilays, la dueña de la casa donde nos hospedaremos en Cienfuegos, ya nos espera en la estación de autobuses para llevarnos a casa, aunque está prohibido entrar a la estación para esperar a pasajeros. Nos cuenta que se las apaña para colarse a esperar a sus Clientes con el objetivo de que ningún jinetero les convenza de ir a otra casa o les cuente que ha sido enviado por la casa a la que se dirigen para llevarles en coche y así llevarles a cualquier otra casa por la que cobre comisión. 

Caminamos hasta su casa, que está en la calle 56. En Cienfuegos es imposible perderse, ya que el plano de la ciudad es una cuadrícula perfecta donde las calles están numeradas. Números pares para aquellas que van de este a oeste e impares para las que van de norte a sur. 

Dilays debe de tener unos 34 ó 35 años, y nos cuenta por el camino que su abuelo era español y que tiene la opción de hacerse un pasaporte español, pero que a ella le gusta Cuba y ni ella ni su familia quieren marcharse de aquí. Cuando llegamos a su casa, lo entendemos. Vivir en Cuba con un poquito de dinero significa vivir muy bien. Su casa está pintada de rosa, tiene una fachada majestuosa, colonial, y en cuanto entras al salón te das cuenta de que no es de una familia cualquiera. Todo está limpio, inmaculado, de las paredes cuelgan cuadros de artistas locales y fotos de sus dos hijas, las columnas imponentes se alzan hasta el alto techo de la estancia, una alfombra cubre el suelo de baldosas y una bicicleta antigua preciosa, con un sillín adicional de madera para niños, preside la habitación.

Enseguida nos ofrece un zumo de guayaba fresco (el calor es sofocante hoy, y la humedad todavía más) y nos ponemos a conversar en esta preciosa casa.

Comentamos las fotos de sus hijas, Gabriela, de 15 años y a la que le encanta posar y Liliana, de 5.
- Les tuve que poner nombres normales para que no les pasase lo que me pasa a mí, que nací en una época en la que todos los padres les ponían nombres "originales" a sus hijos. A mí me pusieron Dilays, que significa "demora" o "retraso" en inglés, y ahora todos mis alumnos se ríen de mí en clases.
- Ahí viene la Señorita "demora". Ahí viene la Señorita "retraso".
- Y menos mal que no me pusieron algo con "ya, ye, yi, yo, yu", que eso también estuvo de moda hace unos años, y todo el mundo se llamaba Yanira, Yaiza, Yeray, etc.

Dilays era profesora de inglés en la Facultad de Medicina de Cienfuegos, pero dejó su trabajo porque se gana mucho más dinero alquilando habitaciones a extranjeros que dando clase en la Universidad. Nos cuenta que lo echa mucho de menos y que sus alumnos le piden que vuelva cuando se los encuentra por la calle. Resulta completamente comprensible cuando uno la conoce, con su personalidad risueña y siempre sonriente. Hace poco que alquila habitaciones, y su sueño es volver a la Universidad si pudiese contratar a alguien para que se ocupe de la casa mientras ella da clases.
 Su marido es ingeniero de telecomunicaciones ("y qué sé yo, yo no entiendo de esas cosas"- dice) y trabaja en la refinería de Cienfuegos, que hemos visto desde el autobús.  

Tras otro rato de conversación en el que nos explica la historia de Cienfuegos y los lugares interesantes para visitar, salimos a explorar la ciudad, que en realidad es similar a un pueblecito costero donde todo el mundo se conoce y se saluda por la calle. La calle principal, la 37 o Paseo del Prado desemboca en el Boulevard o la típica calle de tiendas propia de cualquier ciudad europea, donde uno podría encontrarse cadenas de tiendas caras, escaparates repletos, adornos o letreros luminosos. En su lugar, locales demasiado grandes para tan poca mercancía, tiendas que ofrecen cuatro tipos de alimentos y eso es todo lo que tienen, barberías y peluquerías propias de cualquier película de los años 30, gente sentada a la puerta de las tiendas, una agencia de viajes con una mesa y dos sillas como únicos elementos que ofrece tours a lugares cercanos para turistas y una única nota de color proporcionada por la pintura de las casas coloniales a ambos lados de la calle.

El Boulevard termina en la plaza José Martí, que nada tiene que envidiar a cualquier Plaza de Armas o Plaza Mayor de cualquier ciudad, con su teatro, su Arco del Triunfo, su sede del Gobierno y una rosa de los vientos que marca el punto a partir del cual se empezó a crear la ciudad de Cienfuegos. Dilays nos cuenta que fueron los franceses de Lousiana los que fundaron la ciudad en la época de los colonos.

Caminamos por una de las calles que desembocan en el Malecón, parándonos en cada puesto de artesanía donde los lugareños venden los artículos que ellos mismos hacen. Desde el primer momento resulta obvio que este lugar es mucho más tranquilo y relajado que La Habana, con muchos menos coches, muchísimos menos jineteros y mucho menos tiempo de insistencia de aquellos que intentan obtener algo de los turistas. Los piropos no faltan a la hora de pasear, y "preciosa" y "linda" se convierten en palabras tan habituales como "hola". 

Llegamos al puerto pesquero donde un par de chicos esperan y se ofrecen para llevarnos en taxi. En Cienfuegos los taxis son carros tirados por caballos, los más lujosos con una lona como techo por si llueve. Caminamos por el muelle donde conocemos a Raúl, un chico de Barcelona que lleva un mes viajando por Cuba y dibuja en su cuaderno mirando al mar. Enseguida entablamos una animada conversación con él, y recorremos todo el Malecón hasta Punta Gorda, donde la gente con más dinero de Cienfuegos vive en casitas mirando al mar.
La imagen del Malecón con su hilera de palmeras y sus coches ruso-americanos de los años 50 recuerda a una película de Elvis, y el sol bajando por detrás del cartel de Benny Moré, uno de los inventores de la salsa originario de Cienfuegos, con su letrero "Cienfuegos, la ciudad que más me gusta a mí", convierten la escena en una postal idílica que hace que a uno le parezca insuficientes los dos días que aquí pasaremos.

Pasamos el Club Náutico y el Club de Tenis, edificios coloniales majestuosos pintados de blanco y a los que suponemos que solamente unos pocos privilegiados y los turistas tienen acceso, y llegamos a un palacio de inspiración árabe donde, en su terraza con almenas y arcos mozárabes, Raúl, Ana y yo nos tomamos una "Piñita", un jugo de piña, mientras contemplamos la puesta de sol y escuchamos salsa, boleros y habaneras en directo.

Regresamos al centro en una destartaladísima guagua, uno de los autobuses locales, que nos cuesta unos ridículos (para nosotros) 8 o 10 pesos cubanos, pero que casi ningún turista utiliza.  
El autobús nos deja delante de otra estatua de Benny Moré, en el Prado, donde quedamos con Raúl de nuevo a las 10 para ir a tomarnos una copa. 


Boulevard de Cienfuegos

Una de las calles de Cienfuegos que desembocan en el Puerto

Malecón de Cienfuegos

Cienfuegos, la ciudad que más me gusta a mí (Benny Moré)

Palacio Árabe en Cienfuegos

Atardecer en el Palacio Árabe de Cienfuegos

Cienfuegos
Club de Tenis de Cienfuegos

Carteles propagandísticos sobre los espías cubanos encarcelados en los EEUU

Palacio Árabe en Cienfuegos

Benny Moré, Cienfuegos


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