Ana y yo desayunamos en el patio de nuestra casa, sin prisas por primera vez en muchos días, y rodeadas de patos y gallinas que tiene la familia. Caminamos hasta la estación de autobuses para confirmar la salida del nuestro mañana hacia Baracoa. Recorremos los suburbios santiagueros. Es domingo, y los niños juegan en la calle y sonríen cuando ven nuestras cámaras. A nuestro paso se oyen gritos de "¡Yumas, yumas!" que hacen que los chicos salgan a las ventanas y nos miren hasta que desaparecemos detrás de la siguiente esquina. Al mismo tiempo, como de costumbre, se dirigen a nosotras para llamarnos lindas o preciosas, o princesas. Pienso que será duro volver a Alemania y no cruzar ni una sola mirada con alguien por la calle. Ni una sola palabra, ni un solo giro de cabeza.
Confirmamos nuestros billetes y volvemos de nuevo al centro pasando por la Plaza de Marte, donde vendedores ambulantes intentan hacer el día y los bancos escuchan conversaciones cotidianas, mudos, repletos, testigos de vidas e historias a lo largo de tantos años en este país, que parece anclado en algún punto de los años 50, de hace tantos años.
Un poco más abajo negociamos el precio de un taxi con un hombre que tiene un carro blanco que se cae a pedazos. Nos llevará a la Fortaleza de El Morro, una fortificación que construyeron los españoles para defenderse de los Piratas del Caribe. Estos últimos eran los corsarios ingleses y franceses molestos porque los españoles habían llegado primero al Nuevo Mundo e impuesto el monopolio sobre el comercio y el tráfico de mercancías y pretendían arrebatárselo.
Paramos a echar gasolina y Vicente, nuestro conductor, pone 2 CUC (2 Dólares), suficiente para ir y volver sin quedarse tirado por el camino, o eso espero. Reserva los 8 CUC restantes para poder comer y cenar. Hoy ya ha "resuelto".
Caminamos por la Fortaleza, donde todavía se encuentran los cañones originales. Para nuestro asombro se conserva bastante bien, y uno se puede imaginar con bastante claridad las miles de historias de piratas, corsarios y colonos que por aquí pasaron no hace tanto tiempo. De vez en cuando se ven camaleones e iguanas que se dejan fotografiar tomando el sol. El calor aprieta y volvemos con Vicente a Santiago. Nos dice que nos recogerá mañana para llevarnos a la estación. Veremos.
Paseamos por el Tívoli, uno de los barrios más empinados de Santiago, y nos encontramos a un montón de niños jugando en un "carro" abandonado. No dudo en meterme a jugar con ellos. Allí, como en tantos otros lugares de Cuba, se viven momentos mágicos, y los niños viajan de China a Venezuela en 10 minutos.
Me fascina y llena de ilusión la inocencia de estos niños,
desconocedores de si algún día podrán salir del país, pero viajando con
la mente a mil países, que conocen a la perfección. Nos hablan de
Argentina, Colombia, Brasil, China, Japón y Madagascar. Ignoran que el
régimen en el que viven en la actualidad quizás no les permita llegar
siquiera a cruzar el océano que les rodea hasta llegar a la siguiente Isla o
al siguiente Continente, pero no es momento para pensar en esto, sino
para dejarse llevar por la imaginación.
- ¿Y ahora, adónde vamos?
- ¡A Italia! ¡A Italia!
Uno conduce en el hueco del conductor, donde ya no hay asiento ni volante, pero nos lleva hasta Italia en un abrir y cerrar de ojos.
-¿Y ahora qué? - pregunto
-¡A la playa!¡A la playa!¡Vaaaaamos!
Nos pasamos un buen rato en el carro viejo sacando fotos. Los niños posan como si fuesen modelos, y prometo a una de las mayores, que observa todo desde fuera, que imprimiré y les enviaré las fotos por correo.
Continuamos caminando calle abajo y observamos la impresionante puesta de sol sobre el puerto, desde la Alameda de Santiago. Entramos en el Club Náutico, una terraza cubierta de hojas de palmera y pedimos un zumo. Ana parece absorta en las guías de viaje que se ha traído. Yo, simplemente, observo. Un momento de paz.
Mientras volvemos a casa para ducharnos y cambiarnos de ropa mucha gente nos pide por la calle que les hablemos de Euroopa, tantísima gente que hasta resulta extraño. Es como si ésta fuese la ciudad de la curiosidad y las preguntas. Todos quieren saber cómo es "ahí fuera".
Atravesar el Parque Céspedes se convierte en una misión prácticamente imposible por la cantidad de personas que nos paran. Además hoy hay un festival de música organizado por los estudiantes de la Universidad de Santaigo y nos quedamos a escuchar, ver y bailar. Una chiica sordomuda cargada de energía y sonrisas se acerca. Es tal la capacidad de comunicación de los cubanos, y en especial la suya que sin una sóla palabra consigue contarnos dónde vive, que tiene una hija de ocho años, nos pregunta cosas sobre Alemania y su frío y también sobre nuestro viaje por Cuba. También yo consigo contarle muchas cosas con ayuda de gestos y un bolígrafo, con el que escribe en su mano las palabras más difíciles de representar con gestos. Nos pide que la próxima vez que vayamos a Santiago nos quedemos en su casa, donde no tenemos que pagar por dormir o por comer, aunque sea una casa muy pequeña. Con sus gestos y un par de dibujos también nos pide que le enviemos ropa desde España, incluso nos escribe las tallas y colores de lo que le gustaría. Alucinada por su capacidad de comunicación y su simpatía nos despedimos en la esquina de nuestra calle como si fuésemos amigas de toda la vida.
Cenamos en otro restaurante para cubanos donde se puede pagar con moneda local. Otro gran acierto, porque nos damos un homenaje y pedimos langosta, el plato más caro de la carta, que cuesta 120 pesos cubanos, menos de 5 euros. Afortunadamente parece recién salida del mar y está buenísima.
Nos acercamos de nuevo a la Casa de La Trova. Esta vez resulta decepcionante porque a pesar de que los músicos son muy buenos, está absolutamente repleta de turistas. Bailamos con los pocos cubanos que hay por allí. Por primera vez estamos en un lugar donde predominan los turistas y no sabemos muy bien qué hacer. Después de conocer a un cubano y a un chileno que se han hecho amigos y me recuerda a mis tiempos en Chile con palabras como "carrretear", "flaite", "cuico", "la raja", "po weón" y "bacán", nos vamos a una discoteca al otro lado del Parque Céspedes, La Claqueta, donde un "profesor de salsa" nos enseña a bailar bachata a cambio de que le invitemos al autobús para volverse a casa.
 |
| Nuestra casa en Santiago |
 |
| Santiago de Cuba |
 |
| Niños en las Calles de Santiago |
 |
| Calles de Santiago de Cuba |
 |
| Calles de Santiago de Cuba |
 |
| Calles de Santiago de Cuba |
 |
| El Morro, Santiago de Cuba |
 |
| Casa de la Trova, Santiago de Cuba |
 |
| Casa de la Trova, Santiago de Cuba |
 |
| Casa de la Trova, Santiago de Cuba |
 |
| Casa de la Trova, Santiago de Cuba |
 |
| Santiago de Cuba |
 |
| Vamos juntos hasta Italia |
 |
| Viajando |
 |
| Nos vamos! |
 |
| Hasta siempre, amigos! |
 |
| Puesta de Sol desde el Club Náutico, Santiago |
 |
| Barrio de El Tívoli, Santiago de Cuba |
 |
| Bailando en las calles de Santiago |
 |
| Conversando |