sábado, 29 de noviembre de 2014

Vamos juntos hasta Italia

Ana y yo desayunamos en el patio de nuestra casa, sin prisas por primera vez en muchos días, y rodeadas de patos y gallinas que tiene la familia. Caminamos hasta la estación de autobuses para confirmar la salida del nuestro mañana hacia Baracoa. Recorremos los suburbios santiagueros. Es domingo, y los niños juegan en la calle y sonríen cuando ven nuestras cámaras. A nuestro paso se oyen gritos de "¡Yumas, yumas!" que hacen que los chicos salgan a las ventanas y nos miren hasta que desaparecemos detrás de la siguiente esquina. Al mismo tiempo, como de costumbre, se dirigen a nosotras para llamarnos lindas o preciosas, o princesas. Pienso que será duro volver a Alemania y no cruzar ni una sola mirada con alguien por la calle. Ni una sola palabra, ni un solo giro de cabeza.

Confirmamos nuestros billetes y volvemos de nuevo al centro pasando por la Plaza de Marte, donde vendedores ambulantes intentan hacer el día y los bancos escuchan conversaciones cotidianas, mudos, repletos, testigos de vidas e historias a lo largo de tantos años en este país, que parece anclado en algún punto de los años 50, de hace tantos años.
Un poco más abajo negociamos el precio de un taxi con un hombre que tiene un carro blanco que se cae a pedazos. Nos llevará a la Fortaleza de El Morro, una fortificación que construyeron los españoles para defenderse de los Piratas del Caribe. Estos últimos eran los corsarios ingleses y franceses molestos porque los españoles habían llegado primero al Nuevo Mundo e impuesto el monopolio sobre el comercio y el tráfico de mercancías y pretendían arrebatárselo.

Paramos a echar gasolina y Vicente, nuestro conductor, pone 2 CUC (2 Dólares), suficiente para ir y volver sin quedarse tirado por el camino, o eso espero. Reserva los 8 CUC restantes para poder comer y cenar. Hoy ya ha "resuelto".

Caminamos por la Fortaleza, donde todavía se encuentran los cañones originales. Para nuestro asombro se conserva bastante bien, y uno se puede imaginar con bastante claridad las miles de historias de piratas, corsarios y colonos que por aquí pasaron no hace tanto tiempo. De vez en cuando se ven camaleones e iguanas que se dejan fotografiar tomando el sol. El calor aprieta y volvemos con Vicente a Santiago. Nos dice que nos recogerá mañana para llevarnos a la estación. Veremos.

Paseamos por el Tívoli, uno de los barrios más empinados de Santiago, y nos encontramos a un montón de niños jugando en un "carro" abandonado. No dudo en meterme a jugar con ellos. Allí, como en tantos otros lugares de Cuba, se viven momentos mágicos, y los niños viajan de China a Venezuela en 10 minutos.
 
Me fascina y llena de ilusión la inocencia de estos niños, desconocedores de si algún día podrán salir del país, pero viajando con la mente a mil países, que conocen a la perfección. Nos hablan de Argentina, Colombia, Brasil, China, Japón y Madagascar. Ignoran que el régimen en el que viven en la actualidad quizás no les permita llegar siquiera a cruzar el océano que les rodea hasta llegar a la siguiente Isla o al siguiente Continente, pero no es momento para pensar en esto, sino para dejarse llevar por la imaginación.
- ¿Y ahora, adónde vamos?
- ¡A Italia! ¡A Italia!
Uno conduce en el hueco del conductor, donde ya no hay asiento ni volante, pero nos lleva hasta Italia en un abrir y cerrar de ojos.
-¿Y ahora qué? - pregunto
-¡A la playa!¡A la playa!¡Vaaaaamos!

Nos pasamos un buen rato en el carro viejo sacando fotos. Los niños posan como si fuesen modelos, y prometo a una de las mayores, que observa todo desde fuera, que imprimiré y les enviaré las fotos por correo.

Continuamos caminando calle abajo y observamos la impresionante puesta de sol sobre el puerto, desde la Alameda de Santiago. Entramos en el Club Náutico, una terraza cubierta de hojas de palmera y pedimos un zumo. Ana parece absorta en las guías de viaje que se ha traído. Yo, simplemente, observo. Un momento de paz.

Mientras volvemos a casa para ducharnos y cambiarnos de ropa mucha gente nos pide por la calle que les hablemos de Euroopa, tantísima gente que hasta resulta extraño. Es como si ésta fuese la ciudad de la curiosidad y las preguntas. Todos quieren saber cómo es "ahí fuera".
Atravesar el Parque Céspedes se convierte en una misión prácticamente imposible por la cantidad de personas que nos paran. Además hoy hay un festival de música organizado por los estudiantes de la Universidad de Santaigo y nos quedamos a escuchar, ver y bailar. Una chiica sordomuda cargada de energía y sonrisas se acerca. Es tal la capacidad de comunicación de los cubanos, y en especial la suya que sin una sóla palabra consigue contarnos dónde vive, que tiene una hija de ocho años, nos pregunta cosas sobre Alemania y su frío y también sobre nuestro viaje por Cuba. También yo consigo contarle muchas cosas con ayuda de gestos y un bolígrafo, con el que escribe en su mano las palabras más difíciles de representar con gestos. Nos pide que la próxima vez que vayamos a Santiago nos quedemos en su casa, donde no tenemos que pagar por dormir o por comer, aunque sea una casa muy pequeña. Con sus gestos y un par de dibujos también nos pide que le enviemos ropa desde España, incluso nos escribe las tallas y colores de lo que le gustaría. Alucinada por su capacidad de comunicación y su simpatía nos despedimos en la esquina de nuestra calle como si fuésemos amigas de toda la vida.

Cenamos en otro restaurante para cubanos donde se puede pagar con moneda local. Otro gran acierto, porque nos damos un homenaje y pedimos langosta, el plato más caro de la carta, que cuesta 120 pesos cubanos, menos de 5 euros. Afortunadamente parece recién salida del mar y está buenísima.
Nos acercamos de nuevo a la Casa de La Trova. Esta vez resulta decepcionante porque a pesar de que los músicos son muy buenos, está absolutamente repleta de turistas. Bailamos con los pocos cubanos que hay por allí. Por primera vez estamos en un lugar donde predominan los turistas y no sabemos muy bien qué hacer. Después de conocer a un cubano y a un chileno que se han hecho amigos y me recuerda a mis tiempos en Chile con palabras como "carrretear", "flaite", "cuico", "la raja", "po weón" y "bacán", nos vamos a una discoteca al otro lado del Parque Céspedes, La Claqueta, donde un "profesor de salsa" nos enseña a bailar bachata a cambio de que le invitemos al autobús para volverse a casa.

Nuestra casa en Santiago

Santiago de Cuba

Niños en las Calles de Santiago

Calles de Santiago de Cuba

Calles de Santiago de Cuba

Calles de Santiago de Cuba

El Morro, Santiago de Cuba

Casa de la Trova, Santiago de Cuba

Casa de la Trova, Santiago de Cuba

Casa de la Trova, Santiago de Cuba

Casa de la Trova, Santiago de Cuba

Santiago de Cuba

Vamos juntos hasta Italia

Viajando

Nos vamos!

Hasta siempre, amigos!

Puesta de Sol desde el Club Náutico, Santiago

Barrio de El Tívoli, Santiago de Cuba

Bailando en las calles de Santiago

Conversando










viernes, 28 de noviembre de 2014

Si lo puedes soñar, lo puedes lograr

Tras un viaje de más de seis horas en un autobús de Viazul por una destartalada y deteriorada carretera, completamente llena de baches que hacen que abras los ojos cada vez que intentas quedarte dormido, llegamos a Santiago de Cuba. Es un trayecto que podría realizarse fácilmente en la mitad de tiempo si la carretera estuviese en buenas condiciones.
Los jineteros se agolpan a la salida de la estación de autobuses, ya que no está permitido que entren, y parecen luchar por conseguir algo de todo aquél que intente traspasar la puerta. Nos quedamos unos instantes pensando en cómo organizaremos nuestra "huida", planificando cómo pasar entre todos ellos sin demasiados preámbulos, pero enseguida vemos a uno con un cartel con nuestros nombres en la mano. Es un taxista que han enviado desde la casa en la que nos quedaremos, y que nos acerca a la casa en su viejo taxi sin radio, sin ventanillas y sin alguna manilla en las puertas.

La casa está situada en una de las calles del centro, a tres o cuatro cuadras del Parque Céspedes. A pesar de estar en la zona turística de Santiago se trata de una calle de viviendas de gente muy pobre, donde las puertas permanecen abiertas durante todo el día, los niños juegan en la calle y los perros corretean olisqueando entre la basura. A pesar de todo, nuestra casa resulta acogedora y cómoda, y su dueña nos ubica en un cobertizo que ha convertido en habitación con baño propio que, aunque sencillo, resulta estupendo para nosotras, sobre todo teniendo en cuenta el cansancio acumulado durante todos estos días que hace que apenas nos importe ya no dónde dormir.
Algunos niños de la calle entran de vez en cuando a jugar con el hijo de la dueña de la casa, porque parece ser la única en la zona en la que hay un ordenador. Los niños se entretienen jugando a esos juegos que abundaban en España cuando los ordenadores empezaron a comercializarse, pero para el caso resulta un entretenimiento estupendo.

Dejamos las mochilas y salimos a pasear por Santiago, que resulta una ciudad poco agradable, muy contaminada por el humo negro de los "carros" antiguos que circulan sin ningún tipo de regulación o control. Las leyes medioambientales no existen, y eso hace que me de cuenta de la suerte que tenemos en Europa, donde nos quejamos constantemente de la contaminación y se hacen mediciones y estudios casi permanentemente, pero también donde la situación es completamente diferente. Esto sí es contaminación.

 
Las calles acogen a miles de jineteros que nos asaltan con un "taxi, taxi" cada tres o cuatro segundos, y que hacen que ese "taxi, taxi" resuene en mi cabeza aunque nadie me lo diga. Santiago es, a mi parecer, muy agobiante y no demasiado bonita, quizás es mi momentáneo pensamiento pesimista por no haberme quedado un día más en Trinidad y el desgaste de autobuses a horas intempestivas, baches y carreteras destartaladas. Aún así, sé que este país es una sorpresa inesperada en cualquier momento, en cualquier banco de un parque, en cualquier esquina, así que me esfuerzo por eliminar el pesimismo y me dispongo a absorber la sorpresa que Santiago me tiene reservada. Estoy segura de ello.

Santiago no es una ciudad especial, pero no deja por ello de ser interesante, cargada de contenido histórico y político , ya que aquí fue donde se fraguaron las ideas y estrategias del asalto al Gobierno de Batista y en general de toda la revolución. Por toda la ciudad pueden verse carteles de propaganda política y recuerdos y memoriales del Golpe de Estado y de la revolución. Sin embargo, también se ve infinita pobreza por todas partes, la gente vive prácticamente en las calles y se sientan a ver pasar la vida sin ningún tipo de opción adicional.

Caminamos por el centro, El Cuartel Moncada y la Avenida de los Libertadores, dedicada a los héroes de la revolución. Nos sentamos en el Parque Céspedes, centro de reunión de todas las clases sociales de la ciudad, donde músicos tocan sus instrumentos, rastafaris conversan sobre la vida, maniseros gritan "maní maní" para que alguien se lo compre y turistas sacan fotos con sus cámaras al cuello. Como fondo de la función, la Catedral, cuya fachada gris azulada está recién restaurada y pintada tras el paso de algún Ciclón que la dejó destrozada, según alguien nos cuenta mientras paseamos.

Me sorprende desde el principio la cantidad de rastafaris de Santiago, que no entiendo muy bien, aunque especulamos con la posibilidad de que sea por su proximidad a Jamaica, razón absurda a la vez que lógica. Se pasan las tardes en la Casa de la Trova, donde la música tradicional cubana que se escucha desde el mismo Parque Céspedes les acompaña.

En cuanto nos sentamos en un banco, se acercan dos chicos a conversar con nosotras. Atardece y, aunque ha estado nublado todo el día, se atisban los últimos rayos de sol en el horizonte. Uno de los chicos, que tiene rastas pero viste como un europeo, con camisa azul claro y pantalón blanco, entabla conversación con Ana mientras Alejandro me cuenta su historia, una de las más esperanzadoras con las que me he encontrado hasta ahora.

Alejandro también tiene 27 años, y es ingeniero mecánico. Es de Santiago, pero trabaja en la refinería de petróleo de La Habana. Me cuenta en qué consiste su trabajo, que es exactamente igual que el de cualquier persona que trabaje en cualquier otra refinería del Mundo. Su sueldo es de 35 dólares al mes. Me cuenta que hace muchísimas horas extra para poder pagar el alquiler de un apartamento en La Habana, llegar a final de mes y poder ahorrar un poquito para viajar por Cuba en sus vacaciones, ya que no puede viajar a ningún otro país. Con todas las horas extra (y supongo que algún otro trapicheo), llega a 60 o 70 dólares al mes. Me pregunta cómo es Europa y cómo es vivir en un sistema capitalista. Me interroga sobre los países a los que he viajado. Lo que más le sorprende y llama la atención es el número de lugares en los que he estado.
- ¿Pero a cuántos países has viajado tú? ¿A más de tres? ¿A más de cinco? ¿A más de diez?
- No lo sé, la verdad. Pero es que en Europa algunos países son tan pequeños y están tan cerca que puedes ir y volver en muy poco tiempo - trato de esbozar una disculpa porque no sé cómo contestar a esta pregunta a alguien que no sabe si algún día podrá salir de su país, por haber perdido la cuenta del número de países en los que he estado.


Alejandro quiere saberlo todo, quiere saber cómo es la nieve, quiere saber cómo es vivir con estaciones, con invierno frío y verano caluroso, cómo es Alemania, cómo es España, cómo es Chile, cómo son las montañas nevadas, cómo son las ciudades europeas, cómo son los centros comerciales.
- Cuéntame cómo es esquiar. Tiene que ser increíble, yo lo vi una vez en la televisión.
Resulta muy difícil explicar la sensación que a uno le produce esquiar a alguien que ni siquiera ha visto nevar.
- Pues te pones unas tablas de madera en los pies, y te suben en una especie de ascensores con sillas que van desde la parte baja hasta casi la cima de la montaña, y cuando llegas arriba te tiras hacia abajo, pero tienes que ir frenando y haciendo curvas de vez en cuando  para no ir demasiado rápido. Así, ¿ves?
Sus ojos se abren como platos mientras en medio del Parque Céspedes de Santiago de Cuba simulo esquiar un atardecer de noviembre, flexionando las rodillas, cogiendo los sticks y haciendo como que me deslizo por una montaña. Veo una mirada en esos ojos que no he visto en nadie en todo nuestro viaje, una mirada de querer comerse el Mundo, de querer verlo todo, de una curiosidad sin límites, de sorpresa, ni pizca, ni rastro de tristeza , solamente ilusión.
- ¡Ooooh! ¡Woooow! ¡Es como si ahora mismo estuviese esquiando yo también! Yo creo que una de las primeras cosas que voy a hacer cuando me vaya de viaje por el Mundo será ir a ver la nieve. 

 
Alejandro ya ha intentado irse a ver otros países tres veces, pero como a casi todos le denegaron el visado por ser "posible emigrante". Lo único que pretendía era explorar el Mundo, como cualquier persona de 27 años ansiosa por descubrir otras culturas, curiosa por lo que ve en la televisión y le cuentan los amigos extranjeros que hace por las tardes para poder saber más cosas.
- Pues sí, me lo denegaron tres veces, pero me alegro mucho de haberlo intentado al menos. No podría vivir sabiendo que no lo intenté, y yo sé que antes de que cumpla 30 años voy a salir de Cuba para ver el resto del Mundo. Bueno, ya veo muchas cosas en Internet, porque siempre que ahorro un poquito de dinero voy un ratito a Internet porque, aunque es muy caro y lento, puedo leer cosas de otros países. Pero cuéntame, cuéntame más, ¿cuáles son tus sueños?¿qué objetivos tienes en la vida?

Me hago consciente de mi buena o mala suerte, porque quizás mis sueños son bastante alcanzables, y por eso dejan de ser sueños. También me doy cuenta de que tengo sueños ridículos que se parecen más a caprichos que a sueños, como tener un trabajo mejor o viajar por el Mundo cuando quiera.

- Vaya, pues tienes el mismo sueño que yo - dice Alejandro. - Yo creo que algún día lo cumplré, y creo que va a ser muy pronto, ya lo verás. Si salgo algún día de Cuba nos vamos a esquiar.

Alejandro habla con tanta decisión, con tanta ilusión, que pienso que si en eso se basase permitir que alguien pudiese salir de Cuba cuando quisiese él debería ser el primero en la lista.
- Como de momento no me puedo ir, me conformo viajando por Cuba en mis vacaciones. Así conozco a gente de otros países que me cuentan cosas de los lugares donde viven. Pero ¿sabes lo que decía Walt Disney? Que si lo puedes soñar, lo puedes lograr. Así que me lo aplico cada día.

La conversación continúa, y me parece estar hablando con alguien que realmente sí ha recorrido el Mundo, ya que conoce detalles de cada país, de cada continente, de cada ciudad.
Ana se acerca con su nuevo amigo, que al escuchar nuestra charla sobre viajes y países nos cuenta historias de India.
- ¿Pero no has estado en India? Tienes que ir, India es increíble. Ahí hay una espiritualidad y una fe que no existe en ningún otro lugar del Mundo, todos los colores, los olores, los sabores que tienes que probar y que no puedes experimentar en otro sitio. Yo te recomiendo que visites India.
- Sí, tengo muchas ganas de ir - respondo yo, pensando que seguramente sea uno de esos cubanos afortunados que pueden entrar y salir de Cuba - ¿cuándo has estado en India?
- ¿Yo? Jamás, amiga, jamás. 


Calles de Santiago de Cuba

Catedral de Santiago de Cuba, Parque Céspedes

Santiago de Cuba

Casa de la Trova, Santiago

Calles de Santiago de Cuba

Bailando salsa en las Calles de Santiago

Partida de dominó en Santiago

Cómo fabricar un tablero y fichas de damas con NADA

Amigos en Santiago

Alejandro

Casa en Santiago
 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Te regalo un baile

Historias de Camagüey y una actuación sorpresa una tarde de noviembre


Nos levantamos demasiado temprano, habiendo dormido demasiado poco. Hasta el último minuto intento convencer a Ana de que nos quedemos un día más en Trinidad y nos vayamos directamente a Santiago sin pasar por Camagüey, pero mis argumentos no fucionan y no tengo más remedio que subirme al autobús. Dejamos Trinidad atrás mientras echo un último vistazo por la ventana al pueblecito que nos robó el corazón, prometiéndome volver algún día y pasar más tiempo en él escribiendo las historias que inspiran estas calles; historias de salsa, historias de amor, historias de justicias e injusticias, historias de mar, de chicos adivinando nacionalidades de turistas en unas escaleras e historias de ruedas que no ruedan, sino bailan.

El viaje a Camagüey hace presagiar que la presencia de turistas en el este de la Isla será mucho menor. El autobús no está lleno y las carreteras se vuelven (incluso) peores conforme nos acercamos a Camagüey. Tras cuatro horas y media llegamos a nuestro destino, donde nos espera Lucy, la dueña de la casa donde nos quedaremos esta noche, con un taxista. Lucy es una mujer de lo más encantadora y agradable, nos pregunta muchísimas cosas y nos cuenta otras tantas. Quizás, como comprobamos con el paso del tiempo, resulta al final un tanto pesada y excesivamente atenta, pero realmente muy buena persona al fin y al cabo. 

La casa se encuentra muy cerca del centro de Camagüey. Es una casa colonial con techos altos y bastante destartalada aunque muy acogedora. Está demasiado recargada con cuadros, marcos de fotos y figuritas de porcelana que constituyen los recuerdos de la vida de Lucy. Hay muchas fotos de cuando era joven y alguna de su hijo, al que nos presenta más tarde. Lucy no nos deja casi opción a no cenar en su casa, así que decidimos ir a conocer Camagüey y volver después a casa a cenar.

Salimos a la calle principal, dándonos cuenta enseguida de que Camagüey ya no es un pequeño pueblo de guía de viajes, como lo que hemos visto hasta ahora, sino una ciudad muchísimo menos turística que cualquier otro lugar en los que hayamos estado. La vida transcurre entre gritos, tiendas, heladerías, gente que camina por la calle y niños que salen de las escuelas y se quedan jugando en el parque o en las plazas.

Nos perdemos por el laberinto de calles que fueron proyectadas sin orden a propósito para despistar a los piratas del Caribe que pretendían asaltar la ciudad, evitando que alcanzasen los puntos emblemáticos. Tras visitar varias iglesias coloniales con las que nos topamos, nos sentamos en una de las terrazas de la Plaza José Martí para tomarnos el chocolate más exquisito que he probado en mucho tiempo. Enseguida se sienta en nuestra mesa una curiosa pareja, formada por un chico negro de nuestra edad y un señor más mayor, siempre preguntando amablemente si se pueden sentar porque no hay más mesas libres. 

Resulta inevitable, como siempre, empezar a conversar y contarnos de dónde somos, en qué trabajamos o por qué estamos viajando por Cuba. Uno de ellos trabaja en el Centro Cultural de Camagüey y el otro, Eddie, en una de las heladerías Copppelia (cadena de heladerías repartidas por toda Cuba), justo en el portal de la Casa de la Cultura, por eso se conocen y son amigos.

Nos conmueve la historia de Eddie, que tiene 27 años, como yo, y nos cuenta que su madre era médico y después de que el Régimen le permitiese salir de Cuba para trabajar en Venezuela murió de cáncer, mientras que su padre se marchó a La Habana dejándole a cargo de su abuela, que está en silla de ruedas. Tiene además un hijo. 

Eddie nos pregunta cómo es la vida en Europa y cómo es viajar por Cuba, ya que él ha estado en muy pocas ciudades de su propio país. 
Nos cuenta que ha estado en Trinidad, aunque para él ir a Trinidad un fin de semana supone un gasto que no puede afrontar si no fuese porque su mejor amigo, Mario, le invita cuando viene de Estados Unidos, a donde se fue con su familia cuando era muy pequeño.

La familia de Mario vendió su casa, su "carro" y todas sus posesiones para poder salir de Cuba en una "barca". Durante el trayecto decenas de tiburones blancos achaban a la embarcación, le cuenta Mario a Eddie cuando le visita, pero consiguieron llegar a Florida y ahora ya tiene pasaporte estadounidense. Otros no pueden contarlo. Ahora Mario viene a Cuba con dólares y puede invitar a sus amigos cubanos de vez en cuando, tiene su trabajo y ha estudiado una carrera.

- Pero aquí ya tú sabes que esto es distinto. Aquí la gente no piensa en futuro, piensa en comer cada día - dice Eddie con una frialdad impactante.

Nuestro otro nuevo amigo, que escucha nuestra conversación con atención, se ofrece a llevarnos a ver bailar a los niños de Camagüey, que ensayan en la Casa de la Cultura por las tardes, y los cuatro nos acercamos a verlo. Tras calentar y estirar nos regalan una actuación que nos impresiona. Me pregunto si sólo soy yo, que me gusta meterme en todos los recovecos y aprovechar toda oportunidad de hablar con la gente y conocer lo máximo posible de los lugares a los que voy, o es que de verdad en este país todo el mundo tiene estas expriencias.

        


                         

Después del ensayo quedamos con Eddie en el parque a las 10 menos cuarto y volvemos a casa a cenar porque Lucy nos ha dicho que hay dos chicas italianas en la casa y hará la cena para todas. Cenamos todas juntas y nos contamos nuestras experiencias en Cuba, interrumpidas cada dos minutos por Lucy, que trae un plato nuevo hasta que ya no cabe ni un alfiler en la mesa del patio donde estamos cenando: sopa, pollo guisado, ensalada, toneladas de arroz, langosta enchilada, verduras... todo comprado con los CUC que dejan los turistas en su casa, y a lo que nunca tendría acceso como cubana de no ser por ellos. 
Lucy habla y habla sin descanso, resulta imposible pararla, pero tras despedirnos de las chicas italianas, que esta noche parten hacia Viñales, nos vamos a la plaza donde hemos quedado con Eddie para ir a bailar a la Casa de la Trova hasta que la música termina. 
Entramos unos minutos en una discoteca de reggetón (esto también es Cuba) pero Ana y yo decidimos irnos a dormir. Mañana nos espera un duro viaje hacia Santiago y hay que madrugar. 

Nos despedimos de Eddie y de sus amigos, que nos acompañan a casa, con un "hasta la próxima vez", pero él contesta "cuando tú vuelvas, yo ya me habré ido de aquí" antes de doblar la esquina de la calle y desaparecer.
 
Establecimiento para comprar carne en Camagüey

Niños jugando en las Calles de Camagüey

Iglesia cololinal en Camagüey

Calles de Camagüey

Partida de dominó en las calles de Camagüey

Niños juegan en las calles de Camagüey tras salir de la Escuela
Cena en la Casa de Lucy, Camagüey

Nuestros nuevos amigos de Camagüey
Niños ensayando en Camagüey

Niños ensayando en Camagüey

Niños ensayando en Camagüey

Niños ensayando en Camagüey

Niños ensayando en Camagüey

Niños ensayando en Camagüey



Camagüey


 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Princesa se escribe con "c"

El día amanece nublado, pero decidimos ir a Playa Ancón igualmente. El contraste del mar azul turquesa y la arena blanca con el cielo gris forman una explosiva combinación que no me canso de fotografiar. La playa está prácticamente vacía, y aprovechamos para descansar y pasear. Nos encontramos a nuestros amigos americanos, como de costumbre. Les vamos a echar de menos a partir de mañana, cuando nuestros caminos se separen. Ya se ha convertido en una rutina encontrarnos y pararnos a charlar con ellos.

Decidimos volver en autobús antes de que empiece a llover y damos un paseo por el pueblo antes de cenar. Apalabramos un curso de salsa con un profesor en la Casa de la Cultura, que aprovecha nuestra curiosa intrusión en su clase de "palo", otro de los bailes de Cuba, para ofrecérnoslo. 
Por 6 CUC aprendo lo suficiente como para defenderme en la pista si un chico cubano me saca a bailar, pero tendrá que ser cubano, porque sólo ellos saben cómo guiar a una chica para que se mueva hacia donde ellos quieren. Todo alemán que se preste a bailar salsa debería pasar un par de meses en Cuba aprendiendo a hacerlo.

Volvemos a la Escalinata donde ya la banda toca y uno de los chicos ayudantes del profesor de la Casa de la Cultura, que 10 minutos antes bailaba conmigo, está encima del escenario bailando rumba en una representación de cómo la situación de los esclavos fue cambiando a lo largo de los años en Cuba.

Termina la rumba y "se enciende". "Se prende", como dicen los cubanos, porque entonces empieza la salsa y con ella el ritual de los chicos del pueblo, que sacan su botella de ron, antes de sacar a las chicas a bailar, cogen la botella a modo de grifo y todos mojan sus manos en el líquido mágico para después pasárselas por el cuello y el pelo como si fuese un perfume. Esto es Cuba.
Juegan, mientras deciden si salir a bailar o esperar un poco más, a adivinar de qué nacionalidad son las chicas que hoy están en la Escalinata. 
- Apuesto lo que quieras a que esas son italianas. 
- Sí, italianas seguro. Y aquellas de allá alemanas - oigo sus comentarios a pocos metros de ellos.

En ese momento, y antes de que los "yumas" inexpertos y torpes ocupen la pista de baile, uno de ellos, con unas rastas enormes y gafas de pasta que le dan un aspecto intelectual, completa y extravagantemente vestido de rojo grita...
- ¡Rueda! ¡Rueda! ¡Rueda! 
El espectáculo que sigue a continuación nos deja sin palabras, además de con unas sonrisas enormes en nuestras caras.
Los chicos y chicas del pueblo hacen una perfecta rueda de casino, ejecutada a la perfección, sin fallos, sin equivocaciones, con cambios de ritmo, cambios de sentido, cambios de pareja, palmadas, saltos en el aire.
El chico de rojo con gafas de pasta y rastas da las órdenes para que nadie se pierda y todos ejecuten las mismas figuras y movimientos. Ninguno comete un sólo error.
- ¡Por arriba! ¡Por abajo! ¡De dos! ¡De tres! ¡Ahora de cuatro y salto!

La gente les aplaude, y ellos responden con sonrisas sacándoles a bailar. Enseguida nos damos cuenta de que el chico de rastas vestido de rojo, a pesar de estar bailando en una esquina, lo hace de una manera especial. Su pareja, una chica cubana, tiene un estilo espectacular, pero sus piruetas, saltos y simulacros de tirarse al suelo son dignos de cualquier concurso internacional.
- Yo creo que si hubiese una liga de salsa en Cuba como la liga de fútbol en España, este chico bailaría en Primera - le digo a Ana - Tiene que ser un profesional.

La música continúa, y tras unas cuantas canciones en las que no dudamos en  bailar con los chicos que nos sacan a la pista, conseguimos sentarnos en las sillas de las terrazas en vez de en el suelo, pero no han pasado ni dos segundos cuando...
- ¡Españolitas! ¡Españolitas! ¡Siéntense aquí con nosotros!
Ana duda, pero yo me levanto y ella me sigue. Enseguida nos hacen un hueco en su mesa y nos ofrecen su botella de ron mientras nos cuentas cosas y se ríen sin parar de nuestro acento y de sus propios fallos al hablar con "s" en vez de con "c".
- A mí me encantaría poder escribir y hablar bien - me dice el chico de rastas vestido de rojo - pero se me da muy mal lo de la "c" y la "s", ¡no como a uZtedeZ! Y además, aunque me equivoque, si me pongo estas gafas parezco un intelectual y ya nadie se da cuenta de que hablo mal.
- Pero eso lo solucionas muy rápido leyendo libros - le contesto yo.
- ¡Pero si aquí no tenemos ni libros, ni bibliotecas, ni nada! - me dice riéndose, aunque se ve a leguas que es un chico muy listo y ambos sabemos que no es para reírse - ¿Te imaginas que después de tanto tiempo me entero de que sol se escribe con "z"?
Todos se ríen a carcajadas, y siento que conocemos a estos chicos desde hace años aunque estemos hablando con ellos por primera vez. Es ya demasiado tarde. Nos hemos enamorado de este pueblo, de su música y de sus habitantes.

- Pero tú bailas profesionalmente y vas a concursos ¿verdad? - le pregunto.

Tiene dos academias de salsa, una en Trinidad y otra en La Habana. Las academias aquí no son más que edificios viejos abandonados a los que les dan una mano de pintura. No hay espejos, ni suelos de madera recién puesta, ni vestuarios, ni potentes equipos de música, sino paredes con pintura desconchada, suelos de baldosas viejas y un radiocasette que se va pasando de una sala a otra.

- Me costó mucho adaptarme a La Habana, porque no había salido de Trinidad en mi vida y no fue fácil hacer amigos allí - la similitud de su historia a su llegada a la Habana tiene mucho que ver con mi llegada a Múnich. Qué mundos tan distintos y a la vez tan iguales.

 Ha ido a concursos nacionales con su prima como pareja de baile. Tras presentarse varias veces para que les conozcan, han empezado a ganarlos. Sin exagerar, hacía mucho tiempo que no veía a nadie bailar tan bien como él. Quizás alguna vez en youtube, pero nunca en la vida real.
- ¿Y el premio? 
- Una semana en un resort de Varadero, de La Habana, de Cayo Coco... es casi siempre eso, ya hemos estado en muchos - me cuenta orgulloso.
- ¿Y por qué no vais a concursos internacionales? En realidad estaríais representando a vuestro país, no debería ser un problema.
- Ya, pero ya tú sabes que para salir de Cuba hay esos requisitos... y yo antes daba clases en academias del Estado, pero ahí me imponían y me decían cómo tenía que enseñar. Yo quería dar clases a mi manera, para que la gente se divirtiese mientras baila, y hacer tonterías y todo eso, ¡ya ves tú! - se ríe a carcajadas mientras habla - así que cuando el Gobierno sacó la ley que nos permite tener empresas privadas me puse por mi cuenta, pero no voy a concursos internacionales...

 Injusticias, de nuevo, qué sorpresa, que se palpan y se escuchan entre cuba libres con nuestros nuevos amigos.

- Pero no me has dicho tu nombre todavía.
- Me llamo Ulises, pero todos me llaman Michael.
- ¿Michael?
- Sí, porque Michael es mi nombre artístico, Michael de la Salsa. Como Michael Jackson, porque me gusta experimentar y mezclar el pop con la salsa.

Pienso en lo alto que llegaría Michael de la Salsa en cualquier concurso internacional de esos que me pongo a ver de vez en cuando en Youtube.

Parece leer mi pensamiento, y vuelve a nuestra conversación anterior.
- Pero no te creas que yo me quiero ir de aquí. A mí me gusta Cuba, me encanta mi trabajo, y cuando uno tiene un trabajo así aquí no se vive tan mal, porque los turistas dejan sus dólares para aprender a bailar conmigo.
No puedo evitar que un escalofrío de envidia recorra mi espalda cuando pienso en mi trabajo en Alemania, ese trabajo que odio, esos días en los que tanto me cuesta levantarme para ir a sentarme ocho o nueve horas delante de un ordenador, esos días de frío y nieve...
- Pero déjate ya de hablar y vamos a bailar ¿no?
- ¡Pero si yo no sé bailar!
- ¡Yo te enseño! Vamos a hacer un trato, yo te doy una clase de salsa y tú me das una clase de "z". 
- ¡Vamos!

La música sigue sonando, no hay más tiempo que perder. Ulises me enseña alguna figura y logro, por unos minutos, ser la envidia  de los turistas que miran desde sus sillas.
Los músicos descansan y volvemos a nuestra mesa.
- ¡Y ahora la clase de "z"! - me dice Ulises con su enorme sonrisa en la cara, de la que no se despega ni un segundo.
- ¡Claro! Pregúntame lo que quieras.
- No, no, yo quiero que tú me corrijas mientras hablo, como hago yo contigo mientras bailas, prinsesa.
- Princesa se dice princesa, princesa se escribe con "c" - le respondo.
- ¿Lo ves? Yo no sé. A ver, prin-se-za. ¿Prinsesa? No. 
Vuelven las carcajadas
- Princesa. Pronúncialo lento. Princesa.
- Princesa.

Un par de correcciones más y la música vuelve a sonar. Seguimos bailando con los chicos del pueblo hasta que los músicos se van y nos vamos a la discoteca de detrás de la Casa de la Música con ellos, porque ya no hay que pagar el CUC de los turistas. Continúa la salsa, el sudor, los bailes, y el calor. 


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Busqué y busqué en internet videos de concursos de salsa en Cuba, "Michael de la Salsa" y demás pistas que se me ocurrieron y nunca encontré ni una sola prueba de que la historia de Ulises, aquella historia, fuese verídica. Quizás porque no lo era, quizás porque esto es sólo una prueba más de que internet en Cuba no es tan accesible para los cubanos como el Gobierno dice que es. 
Para mí siempre lo será, porque fue verdad que Ulises aquella noche me enseñó salsa y es verdad que nunca más volverá a escribir o pronunciar mal princesa o preciosa. Él mismo me dijo también, mientras adivinaba nuestras profesiones, que seguramente yo era periodista porque le conté que me gustaba buscar y escribir historias y que su historia merecía ser contada. Pero a pesar de ser ingeniera y no periodista, un buen periodista verifica sus historias y sus fuentes, y no encontré ni una sola justificación a la que hoy cuento. Sin embargo, por alguna extraña razón, desde hace algún tiempo todo turista que sube videos a Youtube de la Casa de la Música de Trinidad ignora que en sus videos, a veces en una esquina, a veces en el medio, a veces en primer plano y otras veces sin ni siquiera salir en pantalla por completo, Ulises aparece bailando salsa en esa Escalinata con su gran sonrisa, como si quisiese que el Mundo sepa que a él lo que le gusta no es presumir de sus méritos como bailarín, sino de su salsa, de su Escalinata, de su Trinidad, de su Cuba.




Yo voy a ser un chico libre

Nos levantamos temprano y desayunamos la increíble cantidad de comida que nos pone Dilays mientras nuestro taxista al siguiente destino espera en la puerta. Ayer, tras negociar un buen rato, conseguimos un buen precio para ir a Trinidad pasando por El Nicho, unas cascadas y pozas en las montañas en las que puedes nadar.

El camino transcurre por una carretera bastante destartalada y llena de baches. En ocasiones el coche tiene que ir de derecha a izquierda para evitarlos y poder avanzar, pero el camino se hace ameno porque Rolando, el conductor, nos cuenta millones de historias de todos los lugares por los que vamos pasando, desde cómo la fabrica de cementos de Cienfuegos llegó a ser la más grande e importante de Latinoamérica hasta la leyenda de la Loma del Muerto, un conjunto de montañas que se ven desde la carretera y cuyo perfil se asemeja a un hombre tumbado.
Pasamos por el internado donde estudia su hijo, del cual está muy orgulloso. Rolando aprovechará el viaje de vuelta para visitarle y llevarle dulce de leche que compra a una niña en la carretera. Nos invita a probarlo mientras nos habla de la Flor Mariposa, símbolo nacional de Cuba porque en época de colonos las mujeres cubanas la utilizaban colocándosela en el pelo para pasar mensajes en su interior, ya que tiene un hueco donde caben pequeñas cosas. 
Cada vez que pasamos alguna aldea nos cuenta el por qué de su nombre. Cumanayagua significa "entre aguas". Efectivamente, está rodeada por dos ríos.

No faltan las conversaciones sobre política, como ya es habitual, y una de las preguntas que le hago a Rolando es si se nota algún cambio de verdad en la situación en Cuba en los últimos 20 años. Resulta chocante ver cómo todos en principio dicen que no, aunque después reconocen que tienen esperanza en que todo cambie. Rolando nos cuenta que Raúl Castro ya ha anunciado que éste será su último mandato, y que presumiblemente el próximo presidente tenga ideas ligeramente distintas a las de los Castro a pesar de haber crecido con la revolución castrista. 

- Además, este ya no lleva el apellido Castro - dice con una sonrisa

Hemos recogido a uno de los chicos del pueblo de debajo de la montaña, que trabaja como socorrista en las pozas, para trasladarlo a su lugar de trabajo. Comenzamos a ascender la montaña en la que se encuentra El Nicho, y se hace el silencio, concentrándonos para que el "carro" suba las interminables cuestas que parece incapaz de alcanzar, y que para un coche europeo no significaría nada más que algo rutinario. 
Finalmente llegamos al Nicho, unas cascadas situadas en un entorno precioso, en la Cuba del interior, la de la selva, la de los insectos y reptiles por todas partes. Me doy un chapuzón prácticamente sola en las cascadas, pero salgo en cuanto empiezan a llegar los primeros turistas para bajar por el sendero que rodea las cascadas y reencontrarnos con Rolando, que nos lleva a Trinidad, donde ya nos esperan en nuestra casa para enseñarnos nuestra habitación.

Trinidad resulta ser un pueblo con un encanto especial. Podría recorrerse en una hora si no fuese por la dificultad añadida de que todas sus callejuelas son empedradas, y eso hace muy difícil caminar sin tropezarse. Las calles sin empedrar están llenas de baches o sin asfaltar, lo que resulta igual de difícil si uno quiere simplemente pasear. El centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, lo conforman cuatro o cinco calles y tres plazas preciosas con casas e iglesias de colores, principalmente azules y amarillas. Es un lugar muy turístico y resulta obvio también que el que sólo visita Trinidad tampoco ve la verdadera Cuba, pero aún así el pueblo es realmente agradable, los jineteros no son pesados y hay restaurantes y tiendecitas de artesanía en cada esquina. 


Subimos a la torre de la plaza central del pueblo, desde donde se divisa el mar, y bajamos a sentarnos en la Escalinata de La Casa de la Música, el lugar más conocido, donde hay música en directo prácticamente a todas horas. Nos hacemos amigas de un alemán que nos cuenta que viaja solo y que le ha gustado tanto Trinidad que ha cambiado su plan de viaje para quedarse más días aquí. Enseguida entendemos por qué, y es que, a pesar de ser turística, Trinidad tiene un encanto especial. Se respira salsa por todas partes, y el calor de las personas que nos saludan por la calle y bailan con nosotras en la escalinata hace que uno quiera quedarse aquí mucho más que dos o tres días a pesar de que ya haya visto todo lo que hay que ver.


Tras la cena, en una casa que resulta ser un restaurante cuando uno sube a la terraza, y donde un grupo toca exclusivamente para nosotros, únicos clientes esa noche, regresamos a la Escalinata, donde ya el grupo toca salsa sin parar, los turistas piden mojitos en las terrazas y los chicos del pueblo sacan a bailar a italianas, alemanas y holandesas, que hacen esfuerzos por ponerse a su nivel.


Bailo con José, quien a pesar de ser obrero me da una estupenda clase de salsa a cambio de compartir la mitad de mi cerveza con él. La clase ha merecido la pena, así que nos bebemos la cerveza sentados en la Escalinata mientras la música sigue sonando y los locales se mezclan con los turistas como si todos perteneciésemos al mismo mundo a pesar de proceder de mundos tan distintos.

Los ojos de los chicos que conozco mientras estoy aquí sentada rebosan ganas de hablar y de contar miles de cosas, así que les escucho con mucha atención y salsa de fondo. Parece irónico la mezcla de la alegría de la salsa con lo que aquí oigo esta noche. Javier me cuenta que planea irse a España pasando por Ecuador, una práctica que últimamente está muy extendida en Cuba. No tiene más de 25 años, pero ha conseguido que un amigo suyo le deje los 3000 CUC que necesita para poder salir. Su plan es coger un vuelo a Ecuador donde trabajará una temporada para conseguir el visado para viajar a España. No sé muy bien cómo funciona este sistema, pero parece tenerlo todo estudiado. Me impactan sus palabras decididas, sólidas, seguras.
- Yo nací en una cárcel, pero voy a ser un chico libre.

La música sigue sonando, y tras esta conversación me saca a bailar con una enorme sonrisa en la cara. Parece haber olvidado las palabras de treinta segundos antes, aunque en sus ojos se leen sus preocupaciones, sus miedos, sus inseguridades. Pero por un momento se olvida de todo eso y se deja llevar por la música. Me pregunto qué sería de Cuba sin música, sin salsa, sin bailes y sin las sonrisas de la gente cuando sale a bailar.

Despedida de Dilays en Cienfuegos


Puente de ferrocarril, de Cienfuegos a Trinidad
Flor Mariposa, símbolo nacional de Cuba

Cascadas de El Nicho

El Nicho

Cascadas de El Nicho

Cascadas de El Nicho

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Vista de Trinidad desde la Torre

Trinidad

Trinidad

Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Puesta de Sol en Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad

Calles de Trinidad